07 abril, 2011

Estado de Alerta

Había pasado un tiempo prolongado pero la sensación seguía, como esas enfermedades que nunca se van totalmente y nos ensombrecen las fiestas y los actos cotidianos.
El estado de alerta hacía que no durmiese ni de noche ni de día. Sus horas de sueño eran intermitentes. A veces, apenas podía dormir un par de horas y ni siquiera podía quedarse quieto en su cama.
En ocasiones, su insomnio le obligaba a levantarse, tomar un vaso de leche tibia o encender el televisor, sólo para escuchar otro ruido a su alrededor.
Salía a la calle siempre atento, observando cualquier detalle o movimiento extraño, como un ultimátum. Pero no siempre fue así, hubo un antes y un después. Un día que marcaría la diferencia. El día que entraron a su casa,  por la noche, a robarle, pero en el intento también le robaron la vida de su mujer. Vió sus caras. Los denunció. Y después de eso aparecieron las amenazas telefónicas y escritas. Le pintaron la fachada de su casa para señalarle que él también estaba marcado y que lo seguían. Los aprietes. La causa judicial que no camina. Y los asesinos que se jactan y que pasan frente a él y lo observan.
Después vino el silencio que era más aterrador que las palabras. Era la calma que antecede a la tempestad, pensaba. Esa calma que a uno no le agrada. Por eso por las noches escucha ruidos. Desde los autos que circulan por la calle o el sonido del viento o la madera de los muebles crujiendo por el cambio de temperatura nocturna... no lo dejan dormir. Vive en estado de alerta. De noche y de día. Con un dolor inhumano o más que humano. El pasado nunca se va. Porque durante el robo se llevaron todo lo que tenía: su mujer, sus valores, sus ganas de vivir y... también su sueño.

3 comentarios:

Persephone dijo...

Bravo! Sin palabras, Cecilia. Muy bien descrito el desasosiego del protagonista.

Un beso!

Poemas con voz dijo...

Muy bien Cecilia..!!Me gusto mucho..!

Bea dijo...

Precioso, celia,

Me ha encantado. Un beso, preciosa.


Con tu permiso, aquí me quedo, en tu casa...